Martes 25 de agosto del 2015 | BethelRadio

Aravá: Peces, flores y frutas en medio del desierto en Israel



En medio de un calor que deshidrata y de una escasa caricia del viento que  rara vez pasa, hay vida en este desierto.

Sí, hay pescados, de muchas variedades; hay frutas, de muchos colores y sabores; y también hay muchas verduras de brillantes tonalidades verdes. Esto pasa en Arava, una zona en el sur de Israel, trazada, según reza el mapa, a dos horas y media de Jerusalén, en donde bajo extremas condiciones climáticas, hoy triunfan las investigaciones de quienes se empeñaron en hacer productiva una tierra árida y despoblada.

El lugar se llama Arava Research & Development, más conocido en la zona como “una ventana a la agricultura”, y en el que trabajan investigadores que han logrado, junto con docenas de sus colegas, perforar las rudas capas de piedra del piso hasta encontrar agua. “Bajamos en nuestro pozo más profundo hasta los 1.600 metros”, cuenta Johnatan Narisna, uno de los investigadores y directores del lugar. Algo así como si estuvieran buscando petróleo, pero aquí el tesoro es el agua. Hasta ahí, una victoria. Pero el líquido que encontraron es salado, entonces tuvieron que instalar un proceso de desalinización, con el que obtienen una mejor materia prima para la siembra.

A la par, venían indagando distintos tipos de plantas que se pudieran acomodar a sus situaciones ambientales. Las estudiaron. Las probaron. Fallaron. Intentaron una vez más, hasta que lograron resultados positivos. Acto seguido, en medio de la arena característica de las áreas desérticas, sembraron las plantas. Para conseguir que efectivamente crecieran, les pusieron un sistema básico de goteo de agua. La misma que habían encontraron bajo las rocas. Atravesaron sobre las cortas hileras de siembra metros de manguera plástica con pequeños orificios y obtuvieron el sistema de goteo más básico del mundo. Sencillo.

En ciertas plantaciones, el clima ambiente no afectaba. Por ejemplo, para el arroz. Pero en otros, como en el melón amarillo o la sandía o la albahaca, el calor era contraproducente. Entonces, igual que sucede con los cultivos de flores en la Sabana de Bogotá, pusieron sobre las pequeños plantaciones estructuras de metal y las forraron con plástico. Hicieron invernaderos. Otra vez, algo sencillo. Les pusieron dos ventiladores de alta potencia y alcanzaron las condiciones necesarias para dejarlas crecer.

Cerca de allí, a menos de un kilómetro de distancia, y después de una intensa investigación, lograron una escena similar con pescados.”"Desarrollamos protocolos de crías. Una de ellas es Cardinal tetra, que es un pez popular proveniente del Amazonas, en Brasil”, cuenta Yair Cohen. Hicieron lo mismo con microalgas después de identificar potencial comercial. “Combinamos pescados con vegetales en una crianza de sistemas cerrados y semicerrados. Ponemos el agua que va quedando de la crianza de los pescados en el riego de las plantas. Encontramos que hay mayor presencia de hierro en las verduras”, agrega.

Ya tenían el agua, las plantas, los peces, las algas, los invernaderos, los ventiladores para refrigerar, las mangueras con agujeros para regar. Lograron lo que se propusieron: hacer productiva una tierra en la que no había ninguna posibilidad y todo gracias a la tecnología y a la investigación. Entonces se creó en la zona algo así como la nueva era de Arava para la siembra, recolección y comercialización de una masa de productos impensables. Hoy 800 familias, que son 3.400 personas, viven en las siete moshavin (comunidades) productoras y exportadoras.

Tienen en su portafolio vinos, aceites, mermeladas, cervezas, cremas para el cuidado de la piel, pescados y exportan a uno de los mercados más exigentes del mundo, el europeo, frutas y verduras de primera calidad. La familia Dagay es una de ellas. Rauma y Dubi son el papá y la mamá de tres hijos.

“Sembramos pimiento y albahaca en nuestro invernadero en medio de una agricultura diferente. No somos dependientes de las lluvias, usamos sistemas de computadores para regar las plantas. Es una ayuda y cooperación mutua entre agricultores de aquí, porque los más veteranos asisten a los más jóvenes junto con el apoyo de Arava Institute of Research and Development”, cuenta el señor Dagay.

Como el centro de investigación de Arava hay otros ocho en todo Israel y son financiados en un 50 % por el Estado y el otro 50 % por una organización privada judía llamada KKL, detalla Maayan Kitron, directora de investigaciones en el área de flores. Hasta esa calurosa zona llega gente de África y de Asia para aprender. “Estudian y trabajan aquí en Israel. Después vuelven a sus países y lo implementan”.

 

Fuente: El Espectador 






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